Mientras caminaba entre la nieve, siguiendo aquella sombra que sabía ajena, me topé con unas personas que caminaban en dirección opuesta, cargando cada quien una bolsa en la espalda, llena de cosas que no alcancé a distinguir en la oscuridad que inundaba el ambiente, consumiéndolo vorazmente y cerrando nuestros ojos, y me di cuenta de que sus rostros me eran familiares pero no los pude relacionar con ningún nombre ni con recuerdo alguno, hasta que vi que uno de ellos, un niño, se detenía y los otros tres lo dejaban atrás, concientes pero indiferentes de que el pequeño se había detenido, mirándome fijamente, con asombro, que sus ojos penetraron los míos como navajas que penetran la neblina infinita, como un rayo de luz que parte en dos a la oscuridad, y que en ese instante me reconocía a mi mismo en aquella mirada, reconocía mi pasado, nuestro pasado, presente y futuro, la nada infinita y me ahogaba una autoconciencia que me hizo darme cuenta del frío que estaba sintiendo y que me acupunturaba cada centímetro del cuerpo, y que me hacía encogerme y sentarme en el suelo, abrazando mis piernas, sin dejar de ver a aquel niño, a aquel niño que no era yo pero que me invitaba a identificarme en él, aquel pequeño que cargaba un bulto de culpas en la espalda, un bulto de pasado, aquel niño que con su inocencia no dejaba de ser un pecador cuando menos en potencia, un alma corrompida por el futuro, y que en ese instante mi miraba a los ojos, como no queriendo despegar de mi su alma, como no queriendo romper esa conexión que tenía conmigo aunque fuera por un instante, hasta que se vió en la necesidad de seguir caminando para no quedarse atrás, para acompañar a las otras tres personas aunque tuviera que dejarme en el pasado, en posición fetal sobre la nieve, en la oscuridad, entre la neblina negra y los copos de nieve blancos, al pie de la montaña hacia donde corrían las sombras que me atormentaban y que me llamaban y que yo seguía obedenciendo no sé que impulso infantil, alguna meta hasta cierto punto ilusoria, esas sombras que aquel niño parecía haber ignorado felizmente, sin la sensación de perder una oportunidad, sin la necesidad de perseguir sombras que probablemente no significan nada, que no tienen mensajes ocultos en sus susurros, en sus escritos, en sus gritos, alaridos de sufrimiento y dolor que te despiertan en medio de la noche cuando las cuencas vacías fijan su inexistente mirada en tí como queriendo restregar en tu alma la culpa de algo que sabes que no hiciste pero que quieres olvidar a toda cosa, arrancándote de tajo los recuerdos, los pecados, las expiaciones, los principios morales que te aprisionan y te descuartizan, como queriendo morir, dar el último aliento, saborear el manjar último, como yo en aquella cama fría, envuelto en negro, manto infinito, respirando el último aliento, mientras veía al niño alejarse, voltear la mirada, dejarme atrás, descalzo en la nieve, desnudo, cargando lo que me corresponde, atado a un camino que nadie puede ver pero que él sabe que se encuentra frente a él, extendiéndose al futuro, al infinito mar de tiempo, a la red de probabilidades y posibilidades, sabiendo que deja atrás un cuerpo inerte sobre la nieve, un cuerpo que sabe efímero, momentáneo, mortal.
Me levanto y comienzo mi camino de nuevo, tambaleándome de un lado a otro, apoyándome en lo que creo que son troncos de árboles muertos, casi invisibles por su propia negrura absorbida por la negrura que inunda todo, hasta que me doy cuenta de que yo mismo no soy una fuente de luz, que soy tan oscuro como la noche y me confundo en ella, las partículas de oscuridad pasan a través de mí sin tocarme, sin hacerme ningún daño, besando las partículas de mi cuerpo como el rocío besa a las flores en la madrugada, y me doy cuenta de que no estoy aquí, de que he desaparecido y que lo que estoy viviendo es un sueño despierto, que no estoy aquí, que nunca he estado aquí pero que algún día volveré, aún después de abrir los ojos y darme cuenta de que estoy en casa, viendo televisión y escuchando el radio, sentado en un sofá que flota en la oscuridad, desde donde veo las montañas que tanto me he esforzado en escalar, los árboles que tanto me he esforzado en derribar para abrir camino, mientras a lo lejos se ven los resplandores de relámpagos lejanos que no simbolizan nada para mí, que no me dictan mi futuro ni recuerdan mi pasado, que no son nada sino ilusiones lejanas, incorpóreas, fugaces como la vida misma, tan fugaces como el presente, que es lo único real pero que nunca vivimos pues siempre somos concientes de las cosas hasta instantes después de que suceden, cuando ya son pasado, sin estar concientes jamás de que el presente lo es todo pero nunca lo vivimos, de que vivimos en la nada y no estamos aquí, nunca hemos estado aquí, siempre estamos allá.
Entonces cierro los ojos y lo veo todo, como nunca había visto algo antes, lo veo todo abierto ante mi, todo en orden, todo en su lugar, y todo brilla de forma increíble, y edificios se elevan sobre mi, y veo destellos de luces sobre ellos, y frente a mis ojos, veo que las flores nacen frente a mi, veo a los árboles desarrollar nuevas hojas, a los animales parir, las nieves derretirse y convertirse en ríos que recorren valles y montañas y llegan al mar y se evaporan y se convierten en nubes que chocan contra las montañas más altas y caen y se convierten en nieve, y traen vida a donde había olvido.
Me levanto y comienzo mi camino de nuevo, tambaleándome de un lado a otro, apoyándome en lo que creo que son troncos de árboles muertos, casi invisibles por su propia negrura absorbida por la negrura que inunda todo, hasta que me doy cuenta de que yo mismo no soy una fuente de luz, que soy tan oscuro como la noche y me confundo en ella, las partículas de oscuridad pasan a través de mí sin tocarme, sin hacerme ningún daño, besando las partículas de mi cuerpo como el rocío besa a las flores en la madrugada, y me doy cuenta de que no estoy aquí, de que he desaparecido y que lo que estoy viviendo es un sueño despierto, que no estoy aquí, que nunca he estado aquí pero que algún día volveré, aún después de abrir los ojos y darme cuenta de que estoy en casa, viendo televisión y escuchando el radio, sentado en un sofá que flota en la oscuridad, desde donde veo las montañas que tanto me he esforzado en escalar, los árboles que tanto me he esforzado en derribar para abrir camino, mientras a lo lejos se ven los resplandores de relámpagos lejanos que no simbolizan nada para mí, que no me dictan mi futuro ni recuerdan mi pasado, que no son nada sino ilusiones lejanas, incorpóreas, fugaces como la vida misma, tan fugaces como el presente, que es lo único real pero que nunca vivimos pues siempre somos concientes de las cosas hasta instantes después de que suceden, cuando ya son pasado, sin estar concientes jamás de que el presente lo es todo pero nunca lo vivimos, de que vivimos en la nada y no estamos aquí, nunca hemos estado aquí, siempre estamos allá.
Entonces cierro los ojos y lo veo todo, como nunca había visto algo antes, lo veo todo abierto ante mi, todo en orden, todo en su lugar, y todo brilla de forma increíble, y edificios se elevan sobre mi, y veo destellos de luces sobre ellos, y frente a mis ojos, veo que las flores nacen frente a mi, veo a los árboles desarrollar nuevas hojas, a los animales parir, las nieves derretirse y convertirse en ríos que recorren valles y montañas y llegan al mar y se evaporan y se convierten en nubes que chocan contra las montañas más altas y caen y se convierten en nieve, y traen vida a donde había olvido.