escribir sobre escribir

por J. Rangel | en sus ratos más libres

20081224

Mientras caminaba entre la nieve, siguiendo aquella sombra que sabía ajena, me topé con unas personas que caminaban en dirección opuesta, cargando cada quien una bolsa en la espalda, llena de cosas que no alcancé a distinguir en la oscuridad que inundaba el ambiente, consumiéndolo vorazmente y cerrando nuestros ojos, y me di cuenta de que sus rostros me eran familiares pero no los pude relacionar con ningún nombre ni con recuerdo alguno, hasta que vi que uno de ellos, un niño, se detenía y los otros tres lo dejaban atrás, concientes pero indiferentes de que el pequeño se había detenido, mirándome fijamente, con asombro, que sus ojos penetraron los míos como navajas que penetran la neblina infinita, como un rayo de luz que parte en dos a la oscuridad, y que en ese instante me reconocía a mi mismo en aquella mirada, reconocía mi pasado, nuestro pasado, presente y futuro, la nada infinita y me ahogaba una autoconciencia que me hizo darme cuenta del frío que estaba sintiendo y que me acupunturaba cada centímetro del cuerpo, y que me hacía encogerme y sentarme en el suelo, abrazando mis piernas, sin dejar de ver a aquel niño, a aquel niño que no era yo pero que me invitaba a identificarme en él, aquel pequeño que cargaba un bulto de culpas en la espalda, un bulto de pasado, aquel niño que con su inocencia no dejaba de ser un pecador cuando menos en potencia, un alma corrompida por el futuro, y que en ese instante mi miraba a los ojos, como no queriendo despegar de mi su alma, como no queriendo romper esa conexión que tenía conmigo aunque fuera por un instante, hasta que se vió en la necesidad de seguir caminando para no quedarse atrás, para acompañar a las otras tres personas aunque tuviera que dejarme en el pasado, en posición fetal sobre la nieve, en la oscuridad, entre la neblina negra y los copos de nieve blancos, al pie de la montaña hacia donde corrían las sombras que me atormentaban y que me llamaban y que yo seguía obedenciendo no sé que impulso infantil, alguna meta hasta cierto punto ilusoria, esas sombras que aquel niño parecía haber ignorado felizmente, sin la sensación de perder una oportunidad, sin la necesidad de perseguir sombras que probablemente no significan nada, que no tienen mensajes ocultos en sus susurros, en sus escritos, en sus gritos, alaridos de sufrimiento y dolor que te despiertan en medio de la noche cuando las cuencas vacías fijan su inexistente mirada en tí como queriendo restregar en tu alma la culpa de algo que sabes que no hiciste pero que quieres olvidar a toda cosa, arrancándote de tajo los recuerdos, los pecados, las expiaciones, los principios morales que te aprisionan y te descuartizan, como queriendo morir, dar el último aliento, saborear el manjar último, como yo en aquella cama fría, envuelto en negro, manto infinito, respirando el último aliento, mientras veía al niño alejarse, voltear la mirada, dejarme atrás, descalzo en la nieve, desnudo, cargando lo que me corresponde, atado a un camino que nadie puede ver pero que él sabe que se encuentra frente a él, extendiéndose al futuro, al infinito mar de tiempo, a la red de probabilidades y posibilidades, sabiendo que deja atrás un cuerpo inerte sobre la nieve, un cuerpo que sabe efímero, momentáneo, mortal.
Me levanto y comienzo mi camino de nuevo, tambaleándome de un lado a otro, apoyándome en lo que creo que son troncos de árboles muertos, casi invisibles por su propia negrura absorbida por la negrura que inunda todo, hasta que me doy cuenta de que yo mismo no soy una fuente de luz, que soy tan oscuro como la noche y me confundo en ella, las partículas de oscuridad pasan a través de mí sin tocarme, sin hacerme ningún daño, besando las partículas de mi cuerpo como el rocío besa a las flores en la madrugada, y me doy cuenta de que no estoy aquí, de que he desaparecido y que lo que estoy viviendo es un sueño despierto, que no estoy aquí, que nunca he estado aquí pero que algún día volveré, aún después de abrir los ojos y darme cuenta de que estoy en casa, viendo televisión y escuchando el radio, sentado en un sofá que flota en la oscuridad, desde donde veo las montañas que tanto me he esforzado en escalar, los árboles que tanto me he esforzado en derribar para abrir camino, mientras a lo lejos se ven los resplandores de relámpagos lejanos que no simbolizan nada para mí, que no me dictan mi futuro ni recuerdan mi pasado, que no son nada sino ilusiones lejanas, incorpóreas, fugaces como la vida misma, tan fugaces como el presente, que es lo único real pero que nunca vivimos pues siempre somos concientes de las cosas hasta instantes después de que suceden, cuando ya son pasado, sin estar concientes jamás de que el presente lo es todo pero nunca lo vivimos, de que vivimos en la nada y no estamos aquí, nunca hemos estado aquí, siempre estamos allá.
Entonces cierro los ojos y lo veo todo, como nunca había visto algo antes, lo veo todo abierto ante mi, todo en orden, todo en su lugar, y todo brilla de forma increíble, y edificios se elevan sobre mi, y veo destellos de luces sobre ellos, y frente a mis ojos, veo que las flores nacen frente a mi, veo a los árboles desarrollar nuevas hojas, a los animales parir, las nieves derretirse y convertirse en ríos que recorren valles y montañas y llegan al mar y se evaporan y se convierten en nubes que chocan contra las montañas más altas y caen y se convierten en nieve, y traen vida a donde había olvido.

20081113

¿Cómo cumple sus sueños el mar?

20081105

LDLTLG

(Para leerse mentalmente y en loop durante las Gymnopédies de Erik Satie)

Al despertarse vió su espalda desnuda y su figura delineada por el sol de la mañana.
¿Qué estoy haciendo aquí?
Se preguntaba.
¿Qué es lo que ha pasado?
Se preguntaba.
La recordaba. Recordaba haber acariciado y besado aquella espalda pero todo era tan borroso como borroso era ahora el deseo que lo habría consumido apenas hace unas horas.
Pensaba.
Se levantó, lenta y dolorosamente, y se vistió, lenta y tristemente, y caminó de un lado a otro de la habitación, lenta y gravemente.
La miró.
¿Qué había pasado?
Se preguntaba.
No quería caminar a la puerta porque sabía que la abriría y saldría y no quería abrirla ni salir por el momento.
Y la miró, conmocionado, sabía que, ahí, algo había pasdo.
Pero no lo recordaba.
Su espalda desnuda.
Se volvió a recostar de lado junto a ella. Escuchaba su respiración como si tuviera altavoz, como si gimiera a su oído, como si gritara como lo habría hecho apenas hace unas horas.
La acarició. Tocó su piel. Estaba suave. Un dedo. Dos dedos. Tres dedos hicieron contacto sobre aquella piel suave y blanca y era como tocar a un ángel muerto.
Su mano se escondió bajo la sábana para acariciar aquel contorno elegante y bello, aquella piel fría, suave.
Fría y suave.

20081104

distintos momentos de un día i

Primero la guerra se suponía que debía tener un fin específico
Entonces nos dijeron que guardáramos silencio
Y esperáramos formaditos

Estábamos en la línea y de pronto nos empezaron a disparar
Alguien dijo váyanse, corran, sálvese quien pueda
Y todos corrieron pa todos lados

Nadie
Nada
Hace unos momentos estaba pensando
En el futuro, el presente y el pasádo
El pospretérito de nuestras vidas
Caldo de cultivo de las nostalgias y los saudades

Viento
Llévanos contigo
Queremos volar

Juntos

20080930

El parche

She walks down the street y él la ve fijamente siguiendo sus caderas con sus ojos deseando que caminara hacia él y no lejos de él como si lo conociera y fueran una pareja que acababa de reñir por alguna tontería por las que solo se pelean las personas que se quieren profunda y sinceramente.
No es que fuera caderona o que sus movimientos fueran voluptuosos, más bien lo contrario, era una de esas chavas que pasan desapercibidas para los no conossieurs como la mayoría de los que estaban en la misma parada del autobús, ensombrerados, enmezclillados y embotados, pinche bola de macuarros corrientosos, decían algunos. Y como no era particularmente espectaluar, le achacó la culpa de sus miradas libidinosas al parche de The Grateful Dead que traía ella en el pantalón, una calaverita en la pompi izquierda a la que a él le habría gustado palmear, o sea a la calaverita, malpensados, porque estaba como en relieve así bien padre.
Y cuando una chava trae un parche de The Grateful Dead pues hay que entablar charla con ella, en nombre de S.S. Jerry García que el diablo lo tenga a fuego lento por los siglos de los siglos, amén, porque no a muchas chavas (no a muchas personas, si lo pensamos bien) le gusta The Grateful Dead, aunque siempre está la posibilidad de que se haya puesto el parche porque le gustó la calavera nomás o porque el pantalón tenía un bújero que ella sabiamente tapó con un parche de The Grateful Dead (lo que tenía más a la mano (porque quién no tiene un parche de The Grateful Dead a la mano, si señor (y, a todo esto, dónde rayos consigue uno un parche de The Grateful Dead))). Aunque también existen la posibilidad y el deseo de que realmente sepa lo que trae cosido en la pompita. El resto del atuendo (hermoso ejemplo de moda otoño-invierno de la clase media-alta (porque chaparra no estaba) rocanrolera (prometo no poner más paréntesis dentro de otros paréntesis)) era bastante armonioso con la calaverita: tenis converse, tan choteados ahora pero no por ello menos chidos; chalequito negro con los muñones de las mangas roídos, clara señal de una vida anterior en forma de chamarra; cabello arregladito pero no por ello menos rebelde; cosas colgado de las muñecas (léase brazaletes, por favor) y una blusita que él puede ver cuando de pronto detiene su andar para darse la vuelta y verlo casi casi de frente casi casi a los ojos casi casi con curiosidad casi casi sin esa indiferencia que por un instante interpretó como un saludo inminente que nunca llegó, una playera de... ¡de Jimi Hendrix! (a esta chava le gusta el rollo roquero y rolero). Igual y esta chava si sabe qué onda.
Y el chavo piensa "tal vez también le gusten Janis Joplin, Las Puertas, el Pink Floyd (y tal vez sepa lo estúpido que es traducir Pink Floyd como "El Fluido Rosa", el pinche fluido rosa, no mames), King Crimson y Yes, Santana en su etapa chida y ya estando en Devadip a lo mejor hasta le gusta el Mahavishnu y la Turiya, y de ahí nos vamos a John Coltrane y nos vamos derechito a Miles Davis, si, me cae que le ha de gustar pura onda así perrona rocanrolera y que los solos de guitarra le han de poner la piel chinita, chingao, nunca debí de dejar de ir a clases de guitarra, tanto que me estaban muele y muele mis jefes, es que ellos querían que cantara en las fiestas familiares puras ondas de Nelson Ned (¿Nelson...? ¡NEL!) y José José y de la Rondalla del Amor de Saltillo y "para que cantes las mañanitas cuando alguien cumpla años, Carlitos" me decía mi mamá, pero yo todo lo que quería era bailar rocanrol, o de perdido escucharlo, y le ha de gustar también Frank Zappa, ojalá que le guste Frank Zappa porque qué hueva explicarle a alguien todo la onda que hay detrás de Frank Zappa. Los Cridens le gustan de cajón, al menos ya tenemos un gusto que compartir cuando salgamos a la carretera Saltillo-Monclova-Sabinas que está que ni pintada para recorrerla escuchando a Los Cridens, escuchando "Cotton Fields" aunque ni una triste plantita con bolita blanca algodonosa te topes en toda la triste carretera al infierno. Y de noche pues vemos la bad moon rising. Yeah \nn/.
Y ha de haber aprendido las mañas roqueras de algún pariente como un tío o algo así, que esas cosas no se aprenden de los papás, como yo que si hubiera aprendido algo de mis papás ahorita estaría sacando una canción de Juan Gabriel en lugar de estar divagando alrededor de un parche de The Grateful Dead en la pompi de una anónima fan del rock. Ah, porque es FAN DEL ROCK, no lo que habitualmente se hace llamar UNA ROCKERA. Porque me encanta el rock pero ah cómo me cagan los llamados ROCKEROS. Los que se visten siempre de negro y se compran cadenas y brazaletes con picos y cadenas de perro sarnoso con tal de que el mundo sepa que les gusta el rock, pero de tanto que se esfuerzan en parecerlo dudo que realmente LO SEAN, en su casa han de escuchar a Be (porque de "linda" no tiene nada) y cosas por el estilo. Si, esas cosas se aprenden de los tíos y de sus colecciones de acetatos y del olor de los acetatos cuando los sacas de su fundita, ese olor que paradójicamente te remite a una época que nunca viviste pero que recuerdas con nostalgia como un ave que quisieras que volviera a tu mano como antes lo estuvo aunque nunca estuvo en ella. Y luego escuchar mientras ves el disco dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y escuchar el hiss y esa sensación tan peculiar de escuchar un acetato, tan real, como tener a la banda frente a tí, los CDs no hacen eso. Aunque tampoco se escuchan raro cuando les cae polvito.
Tengo que preguntarle cómo se llama, dónde estudia, qué estudia, dónde aprendió de rock, qué discos tiene, ¿puedes rolarme ese bootleg en vivo de The Grateful Dead?, yo te paso el concierto de John Lennon con Frank Zappa ni más ni menos, la Santísima Dualidad. O podemos ir al centro a comprar acetatos y luego ir a casa de tu tío el rockero a escucharlos en su consola aunque después nos vaya a mentar la madre porque el ya lo tiene y que para qué lo compraban, chamacos cabrones si ya lo tengo aquí y pueden venir a escucharlo cuando quieran.
O podemos ir a mi casa a ver los conciertos que tengo en VHS de Jethro Tull entre otros, que de seguro su tío los tiene porque es bien rockerote y le gusta mucho el progresivo y tiene el Thick As A Brick original y a veces uno llega el domingo a su casa y en lugar de estar leyendo el Vanguardia o el Palabra o de perdido el Guardian o el Calibre 57 está leyendo el periódico del Thick As A Brick el muy mamón como diciendo mira yo lo tengo y tú no, ñaca ñaca ñaca.
Pero me vale porque a final de cuentas yo vengo con ella a escuchar música con ella a abrazarla a ella a besarla a ella a etcétera a ella y no contigo, que nomás te hablo porque tienes chingomil discos en acetato que me gusta escuchar en acetato como los escuchábamos en aquel tiempo en que yo todavía no nacía.
Vengo con ella y no contigo. Con ella. Ella. A ella que la vi por primera vez en la parada de camiones que está en el tec cuando yo salía de la biblioteca después de estudiar duro para llegar a ser un gran LAE roquerón.
A ella que la ví ahí y corrí hacia ella y la abracé y la besé y..."
Y todo eso pensó el chavo este antes de ver su rostro de ella, tan hermoso y estéticamente agradable y bien proporcionado.
Tiene una expresión triste, está sola, está sola y no quiere estarlo, quiere que la besen, que la abracen, que corran a ella, y él corre a ella y la abraza y la besa y luego escucha el sonido hidráulico de los frenos de un camión y se despierta de su sueño y la ve ahí a cinco metros de él y el sigue sentado y ella sigue de pie y se ven a los ojos y ella empieza a caminar dirigiéndose hacia el camion, mientras su mirada se queda detrás, clavada en los ojos de él y se aleja y él no hace nada y ella sube al camión y el la ve desde abajo y el camión se va y cree que nunca la volverá a ver.
"¿Le gustará Kula Shaker?" Quién sabe, Jerry was dead.

20080407

Clic. Clic. Clic. Clic.

Miraba la oscuridad mientras trataba de escuchar aquel sonido. Clic. Clic. Clic. Clic. Provenía de el cuarto de al lado. El cuarto al que nadie entraba. El cuarto que se nos tenía prohibido. Habían pasado horas desde que había apagado la luz y me había envuelto en mis sábanas. Y seguía aquel sonido. Clic. Clic. Clic. Clic. Cada vez penetraba más profundo en mis oídos, se habría paso en mi mente y perturbaba cada pensamiento, cada intento de dormir o de siquiera empezar a cerrar los ojos. Cerrar los ojos. Empecé a transpirar. Y aquel sonido. Clic. Clic. Clic. Clic. No puedo describir su naturaleza. Al menos no de una forma que realmente transmita lo que yo sentía en ese momento. En esa oscuridad. En esa soledad. Mis ojos abiertos. Esperando a ver alguna sombra en la noche que se molestara en venir a decirme qué era aquel ruido que me sacaba de quicio. Aquel ruido que me espantaba el sueño. Aquel ruido que me volvía loco.
Hice a un lado la sábana. Me incorporé y miré alrededor, a la oscuridad. A los rincones de la recámara, inundado todo de oscuridad. Clic. Clic. Clic. Clic. Seguía ahí. Me di la vuelta y me senté a la orilla de mi cama. Incliné la cabeza, tratando de prestar atención a aquel sonido. Clic. Clic. Clic. Clic. Miré hacia la puerta de la recámara. Estaba entreabierta. Como si tratara de detener una oscuridad que ya había invadido el interior. Me paré de la cama me dirigí a la puerta. Puse mi mano sobre la perilla y abrí un poco más la puerta. Clic. Clic. Clic. Clic. El sonido se hacía más claro conforme iba abriendo la puerta. Di un paso fuera de la recámara. Clic. Clic. Clic. Clic. El pasillo estaba inundado en oscuridad, pero una ventana al final dejaba entrar un poco de luz de la luna. Apenas una pequeña columna de luz. Mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad vieron que las otras siete puertas a los lados del pasillo estaban cerradas.
No.
No todas.
Una estaba abierta.
La puerta de al lado.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Caminé lentamente hacia la puerta, imaginando lo que habría dentro. Imaginando lo que habría dentro, como había imaginado tantas veces antes. Como habíamos imaginado tantas veces antes. Como solíamos comentar. Como…
Me asomé por la leve obertura de la puerta. Oscuridad. Densa. Y ese sonido. Clic. Clic. Clic. Clic. Quería saber lo que había dentro. Pero no quería entrar. No quería entrar. En ese momento no supe por qué no quería entrar. Pero no quería entrar.
Escuché que detrás de mí se abría una puerta. El mecanismo oxidado del cerrojo no pudo ocultarlo.
Miré hacia la puerta que se empezaba a abrir.
Se abría.
Estaba abierta.
Y nadie había detrás de la puerta.
Nadie.
Clic. Clic. Clic. Clic.
El ruido. Aquel ruido. Aquel desquiciante ruido. Aquel ruido infernal.
Seguía sonando dentro de aquel cuarto, dentro de mi cabeza. Inundaba el pasillo. Y aquella puerta que se había abierto. Aquel otro cuarto vacío. Aquella oscuridad.
Clic. Clic. Clic…
El ruido cesó.
Estaba confundido. No sabía lo que pasaba y no sabía qué hacer.
Volteé a la puerta recién abierta y caminé lentamente hacia ella. Lentamente. Estaba a cuatro pasos de mí, a los cuatro pasos más largos de mi vida.
Me quedé parado bajo el marco de la puerta, mirando hacia aquella densa oscuridad. Tratando de encontrar algo dentro. Tratando de encontrar alguna explicación, tratando de encontrar alguna razón para estar ahí y no en mi cama ahora que el ruido se había ido.
Un paso. Al interior de aquel cuarto oscuro. Otro paso. Un tercer paso.
Y otro.
Y otro.
Y otro.
Y ahora mis ojos se empezaban a acostumbrar a esa otra oscuridad. A aquella oscuridad tan distinta a la primera, a la segunda y a cuantas había yo conocido.
Había en un extremo del cuarto un tocador, al parecer muy viejo, y en el otro una cama vieja, deforme, aparentemente muy sucia. Y todos aquellos colores apagados luchaban por llegar a mí por entre la oscuridad.
A un lado del tocador había una puerta. Otra puerta. ¿Qué secreto escondería esta otra puerta?
Entonces, sucedió algo que me dejó helado por unos instantes. Algo que mandó una corriente eléctrica de terror a lo largo de todo mi cuerpo.
Entre la oscuridad, una sombra se movió. Una figura humana. Se detuvo en el momento en que yo me detuve. Nos quedamos paralizados a la vez. No pude moverme.
El terror se había apoderado de mí.
Desde aquella oscuridad, entre todas aquellas sombras, aquel personaje desconocido me miraba fijamente.
Y un ruido fuerte.
La puerta.
La puerta por la que había entrado se había cerrado de golpe. Ahora, me aterrorizaba la idea de estar a solas en un cuarto oscuro con dos personajes no identificados que querían tenerme ahí.
Permanecí inmóvil un par de minutos más en medio de aquella oscuridad. Aquella oscuridad que cegaba.
Entonces tomé una decisión.
Corrí.
Corrí hacia la puerta que había frente a mí. Muy torpemente logré abrirla. Y entré. Me sumergí en otra oscuridad. Diferente. Pero familiar.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Aquel ruido. Aquel sonido. Provenía de un extremo del cuarto. Clic. Clic. Clic. Clic. Volví a sentir cómo taladraba mi mente. Volví a sentir lo que había sentido antes. Volví a pensar lo que había pensado antes.
No sabía si estaba mejor antes. No sabía si era mejor que haberse quedado en un cuarto con dos desconocidos o estar en aquel lugar en donde volvía a experimentar aquel terror irracional.
Por que eso era.
Terror.
Desde el principio lo había sido.
Era el terror lo que mantenía mis ojos abiertos y mi frente mojada.
Otra puerta.
No la había visto hasta que escuché que se abría frente a mí, en la pared opuesta. Frente a la puerta por la que acababa de entrar.
Caminé tambaleándome hacia ella.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Pero me detuve.
Me detuve al darme cuenta de que aquel sonido aumentaba conforme caminaba hacia la puerta.
Me senté en el suelo. Me tapé los oídos con las manos. Empecé a reír. A carcajadas. Reía como un loco, como un histérico mientras lágrimas de desesperación llenaban mis ojos.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Me arrastré como pude hacia la pared, sin destapar mis oídos.
Aquel ruido ya no parecía estar llegando a mi a través de mis oídos.
Me arrastré hacia la puerta recién abierta, sin dejar de reír como histérico.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Entonces me detuve. Me detuve al sentir sobre mi costado un objeto duro que me impedía el paso.
Me destapé los oídos.
Palpé aquel objeto.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Era un objeto duro y seco.
Entonces me dí cuenta de lo que era.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Era un fémur.
Al menos eso pensé yo.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Pero no solo aquello.
Era un esqueleto humano completo, esparcido por el suelo.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Dejé de reir.
Miré por la obertura de la puerta.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Me quedé viendo la oscuridad exterior.
Entonces ya no supe lo que sucedía.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Dejé de tener una idea de lo que sucedía…
Clic. Clic. Clic. Clic.
…cuando me di cuenta de que ahí estaba yo…
Clic. Clic. Clic. Clic.
…viéndome a mi mismo…
Clic. Clic. Clic. Clic.
…a través de la obertura de la puerta…
Clic. Clic. Clic. Clic.

20080115

Blanc et Noire

El: No, no creo que sea posible.
Ella: Todo es posible.